Por Pablo Sotelo

Verla me remonta a la época de oro del cine mexicano, y no solamente por el filtro en blanco y negro en que se grabó. Es una película contada desde una realidad de hace 50 años, razón por la cual nos hará cuestionarnos qué tanto ha cambiado México, desde los 70s, y que tanto de buen cine se ha realizado desde entonces. La interrogante es:  ¿Es necesario regresar a esos tópicos, para que una película nacional tenga relevancia?, Pues al parecer la experiencia ROMA, es eso.
Abre el diálogo sobre la dinámica en los núcleos sociales: el gobierno, la familia, el género, las clases. Pero siempre bajo un halo de discreción, en el que los personajes muestran sus debilidades y fortalezas, no como individuos sociales, sino, como personas. Nos retrata bajo un lente neo realista un México bello, post mundialista, que aboga a la nostalgia con cada ícono de la cultura popular, pero situado en una época de represión, a solo tres años de la masacre de Tlatelolco, en la transición presidencial de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverria, y justo en el año de otra masacre, la del Corpus Cristi o “El Halconazo”, regalándonos con esta última, una de las mejores escenas clímax de la película.
Retomando la palabra discreción, Cuarón te obliga como espectador a ver la película con ojo crítico, a esperar entre momentos lentos y contemplativos, y no ver las cosas explícitas, ni caer en resoluciones de molde, te da la responsabilidad de entender los simbolismos, que detrás de un té de manzanilla encuentres una segregación de pertenencia familiar, a través de un automóvil la figura masculina, las heces como problemas familiares, que una postura yogi hable sobre el aguante que tenemos ante los problemas complementado por los aviones que nos marcan que la vida sigue, a pesar de que tan bien o mal la estemos pasando. Bajo esta premisa el verdadero enemigo de la cinta es intangible; en ROMA no hay villano, porque lo es, la vida misma.
    La trama encuentra su ápice en el nombre mismo, ROMA; un imperio que cae a base de mentiras, de traiciones y arde desde adentro. No es por nada que nos regalen Easter Eggs culturales como que  “Cleo” (aunque en la película se muestra otro nombre), pueda ser una abreviación figurativa de Cleopatra, mientras, otro personaje interprete al emperador Neron, cantando mientras una hacienda (Roma) se incendia.